¿Y por qué no?

Parece que , tras la tormenta territorial desatada por Mas en Cataluña, el ruido y las nueces se ha incrementado en nuestro día a día.

Si bastante teníamos con la crisis, el paro, los ataques a la educación de nuestros hijos y jóvenes, la pérdida de servicios sociales o la agresión a la sanidad pública sin precedentes, entre otros muchos asuntos que nos asaltan a los ciudadanos; aparece el debate territorial con la propuesta independentista que realiza Mas y CIU sobre Cataluña.

Ante todo, no soy independentista, ni nacionalista, ni nada que se le parezca; lo respeto (y esto no es un mérito, es un mínimo democrático), pero no lo comparto. Así que, ante este nuevo escenario planteado, ¿lo afrontamos o lo negamos?

El PP ha decidido negarlo, no es el momento, hay otras cosas más importantes, estos nacionalistas catalanes ya nos están desviando,… argumentos como estos o los de la algarabía, que han servido sólo para negar la evidencia. Porque la evidencia es que, lo entendamos o no, lo compartamos o no, lo sintamos o no, en Cataluña hay hoy una falla profunda con el resto de España.

¿Falla manipulada por CIU? . Sin duda. A Mas le interesa que este sea el punto de debate en vez de su ausencia de capacidad para mejorar la vida de los catalanes en un contexto económico complicado y adverso , o de su política de recortes y privatizaciones muy parecida a la de Rajoy y el PP, o de qué pasó con el Palau, o de las concesiones de ITV.

Para Mas es mejor hablar de independencia que de sus fracasos y vergüenzas; había caldo de cultivo y lo ha logrado. Y lo ha logrado entre otras cosas porque el PP ha intentado en primera instancia negar el asunto, y en segunda instancia minimizarlo a una razón puramente crematística. Por último, lo que peor ha hecho es sacar a relucir la Constitución como si se tratara de las Sagradas Escrituras, esto es palabra de Dios, nada se puede tocar, y quien escriba fuera de ellas escribe libros apócrifos.

La otra postura, con la que estoy más de acuerdo, es afrontarla. Y ser capaces de ofrecer nuevos espacios de reflexión que nos hagan llegar a un debate con todos los elementos racionales de decisión claros y transparentes; y con todos los elementos de decisión sentimentales con cabida en ese encuentro. Todos los sentimientos, tanto los de los nacionalistas catalanes, como los de los catalanes no nacionalistas, como los demás que no somos meros convidados de piedra. A mí me importa Cataluña, aunque no sea catalana.

Y es esa otra postura la que conlleva lealtad a la ciudadanía y compromiso por el futuro. De eso estamos hablando, del futuro. De lo que nosotros consigamos acordar o desacordar, dependerá la vida no nuestra, sino la vida de los que vienen tras de tí y de mí. Así pues, es esta vía, la del compromiso la que a mí me gusta y la que yo elijo.

Esta vía, parte de acometer aquellas reformas y cambios en la Constitución de 1978 que no se llegaron a plantear en aquel momento por circunstancias que atendían más a equilibrios políticos que a soluciones para nuestro país. Porque sí, había un interés general por encima, que era la llegada de la Democracia, que supeditaba otras decisiones. Y hoy, o mañana, o pasado, pero ya, es el momento de empezar a tomar dichas decisiones.

Nuestra estructura territorial se debe encaminar hacia una estructura federal con un alto grado de cooperación inter-territorial y con la asunción de los hechos diferenciales vasco, gallego y catalán; pero no hechos diferenciales económicos, porque la economía no nos debe diferenciar. Y estas decisiones de cambio de modelo territorial, o adecuación a un nuevo modelo territorial de convivencia, parece que lleva acarreado un cambio constitucional. Sí, de esa Constitución que fue un espacio de acuerdo y de concordia, que unió a mucha gente que la votó en un proyecto de futuro en común. Pero como todo proyecto, igual que tiene un principio, tiene un fín, y ahora necesitamos incorporar nuevos elementos para desarrollar uno nuevo.

Ni mejor, ni peor. Uno nuevo que de respuesta a las necesidades y realidades de los ciudadanos de un país que tiene que seguir adelante; y que no tiene por qué asumir que lo que era bueno en el 78 del siglo pasado, tiene que ser bueno en el 2012.

No sólo las circunstancias han cambiado, ni sólo este país ha cambiado, también las personas que deben sostener esta Democracia hemos cambiado. No somos los mismos, y también queremos decidir hacia dónde ir. Cambiar la Constitución no es un drama, es una necesidad de esta sociedad. Cambiarla con debate y participación, para lograr el mayor de los consensos y de aceptación, es un reto de país y de sociedad.Porque si tenemos que cambiar, hay que cambiar.

Pero sobre todo, ¿y por qué no?

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